“Si no creemos en la libertad de expresión para la gente que despreciamos, entonces no creemos para nada en ella”.

Noam Chomsky


El presidente López Obrador se ha negado a hacer comentarios sobre el asalto al Capitolio del pasado 6 de enero tras la incitación de Donald Trump a sus simpatizantes: “Nosotros siempre hemos actuado con respeto a la política interna de otros países -afirmó el 7 de enero–. Así lo establece nuestra Constitución. No vamos nosotros a intervenir en estos asuntos que corresponde resolver a los estadounidenses”.

Sí ha expresado preocupación, en cambio, por la censura de las redes sociales a los mensajes de Trump: “Leí la carta del dueño de Face y lo sentí con mucha prepotencia, con mucha arrogancia”, dijo. Después afirmó: “No puede ser. que una empresa particular se erija en la institución mundial. de la censura, como la Santa Inquisición de nuestros tiempos”.

Entiendo que el presidente está poniendo sus barbas a remojar: no quiere que en algún momento las redes puedan censurarlo a él, como a Trump. Por eso ha pedido al Concacyt y a otras instituciones que busquen opciones para reemplazar las redes internacionales a fin de que “en México no haya censura”. Ayer declaró, por otra parte, que buscará el apoyo del G20 para evitar que las redes apliquen censuras.

En esta ocasión estoy de acuerdo con AMLO, aunque el problema, desde mi punto de vista, no es que “una empresa particular” se erija en una nueva Santa Inquisición, sino que un monopolio de comunicación cualquiera, público o privado, se convierta en censor.

Los defensores de la censura han afirmado siempre que la libertad de expresión no es absoluta y añaden que Trump transgredió los límites de esta libertad. En parte lo hizo, dicen, al mentir descaradamente, por ejemplo, al afirmar que había sido objeto de un inexistente fraude electoral. Pero si los medios tradicionales o las redes sociales censuraran todas las mentiras, tendrían que proscribir buena parte de lo que dicen los políticos.

Más al punto me parece la posición de que había que censurar a Trump por su incitación a la violencia. Uno de los pocos límites que, a mi juicio, se puede poner a la libertad de expresión es la incitación a la violencia. Ha habido una discusión amplia sobre si realmente Trump pidió a sus seguidores que tomaran el Capitolio con violencia, pero por lo menos esta sería una razón sensata para pedir una censura a los mensajes específicos que lanzaron la incitación, aunque no a todas las comunicaciones del presidente.

El problema es que el criterio nunca se aplica de manera equitativa. Lo que para algunos es una incitación a la violencia, para otros es la celebración de un acto de justa rebelión. Cuando los demócratas en Estados Unidos aplaudieron en 2020 los violentos disturbios del movimiento Black Lives Matter, nadie los censuró. Cuando las redes sociales llamaron a las rebeliones de la primavera árabe en 2010-2012, el gobierno de Barack Obama las festejó, a pesar de que estos movimientos dejaron una secuela de dictaduras y sangrientas guerras civiles.

Trump le ha hecho un enorme daño a la democracia en los Estados Unidos con sus políticas y sus mentiras. Celebro que haya perdido la elección del 3 de noviembre. Hay razones suficientes no solo para condenarlo en su juicio político, sino para procesarlo penalmente por cientos de acciones ilegales.
Pero no estoy de acuerdo en que se le censure. Coincido hoy con el presidente López Obrador: “Eso no se puede aceptar, no se puede permitir, porque eso va en contra de la libertad”.

Informales

La concesión del gobierno de la CDMX de permitir que los restaurantes capitalinos den servicio en terrazas y zonas abiertas no ayuda a la enorme mayoría de estos negocios. Lo que más irrita es que los puestos informales se han multiplicado y el gobierno prefiere no hacer nada contra estos.

Twitter: @SergioSarmiento

Agencia Reforma

Te interesa:

Sergio Sarmiento